Debo empezar escribiendo con el que sería el último párrafo, reflexión necesaria en los días previos a una nueva final -de las de verdad, de las que se tocan, ven, oyen y sienten- añadiendo que no me importaría en absoluto que los que salgan de rojo hiciesen el peor partido de sus vidas, que cayesen y unos vikingos llegados del centro de Europa se llevasen el trofeo continental más pesado en volandas hacia Ucrania, me dolería pero no me importaría en absoluto.

Tuve la suerte -al igual que todos los que lean esto- de nacer y crecer rodeado de yonquis y de gitanos, aquí, en la tierra donde la fe y la alegría falta que se repartiesen en jeringuillas, donde se hace vida en la calle y donde se erige leal y noble la catedral gótica más grande del mundo. «Ombliguismo», y a mucha honra.

Fue tanta la suerte del que escribe esto, que se hizo de un equipo de fútbol que hasta le representaba, no cuando mejor iban las cosas, pero era la tradición de padre a hijo y había que mamarlo, sea como fuere no había otra. Crecía y paseaba por las calles y me maravillaba con cada rincón de esta puta ciudad según muchos entendidos de la geografía española. Menor de edad y ya siendo un adicto, un drogado de los olores, los colores y los ruidos que solo aquí existen, bendita droga ser sevillano. No contento con ser sevillano, empecé a amar y respetar sus tradiciones, sus meses de Marzo, Abril, Mayo y todo lo que esconden, a resumir la vida en una semana y a brindar en otros siete días de luces y colores.

Encima, la generación esta de niñatos que no saben nada, no tienen otra que empezar a ver partidos del Sevilla, y pasa el tiempo, y el equipo vuelve a Europa y aunque muchos no estábamos muy puestos en el fútbol, había que alegrarse porque lo decían los demás. Llegó el jueves de Feria de 2006, y supe con el tiempo que el gol de Antonio -el vecino de Nervión más universal- no fue por milagro. Los milagros para otros, el gol de Antonio fue por carácter, por cojones, por casta -no de la política que ya tenemos bastante- y por convicción. Llegó Eindhoven y supe que aquí venimos de pícaros, de miles de años de historia, de guerras  y que hasta fuimos el centro del mundo cuando cualquiera que iba o venía de América tenía que pasar por aquí, y aquí la ilusión no nos la quita nadie –“y Dios no lo permita nunca”-.

Se hizo justicia por los que se fueron y se pegaron toda una vida de miserables, se tragaron una dictadura política y hasta se fueron sin ver a su equipo brillar con un poquito de gloria, pero nunca sin dejarlo, siempre fieles. Aquí todo lo que se prueba se repite porque gusta, y un año después y tras pegarnos el verano de nuestras vidas dándole una clase de cómo ganar una Supercopa de Europa al equipo en el que juega el mejor jugador de la historia, desde Escocia, Glasgow, volvimos a traernos el paragüero ese que muchos aborrecen solo por no tener la suerte de ni pelearlo -que ni si quiera pelearlo se acerca a poder ganarlo- y lo plantamos en la vitrina de nuestra casa, quien tenga huevos que intente llevárselo de aquí.

Pasó el tiempo y la grandeza aquí ya existía, se volvió a comprobar el año pasado en la mismísima capital de la región de Piamonte, en Turín el Sevilla besó el éxito por tercera vez. “Nadie quiere más la Europa League que el Sevillismo”, ha defendido y defiende el entrenador que puede entrar en la historia de este equipo este miércoles con semejante temporada y defendiendo la corona de su equipo, junto a 7.000 tarados camino de Polonia, otra vez una nueva final, y de nuevo la misma frase; “Las finales las ganamos, no las jugamos”.

Definitivamente, no somos conscientes de lo vivido, lo que vivimos ahora y lo que seguro que seguiremos viviendo, haciendo historia, emborrachándonos de momentos y de triunfos y haciendo mucho más grande la sevillanía hecha fútbol -… “Sevilla es de otra manera, es el fútbol hecho arte”, dice por palmas la sevillana-. El tiempo nos hará el cuerpo y sentaremos cabeza, reflexionaremos sobre lo conseguido en tan poco tiempo, y creédme que aquí no hay nada de suerte, todo esto está pagado por los que ya no están. Toca sentirse orgulloso, reírse del que intenta disfrutar un poco viéndote caer, que la garganta quiebre, sea en tu casa en el bar o en Varsovia -el país del viejo continente creado y erigido base de leyendas y de una gran historia-,  viendo este miércoles como el Sevilla FC puede volver a hacer historia, pudiendo convertirse en leyenda. Toca dar las gracias, por todo lo vivido, y toca dar las gracias sobre todo, porque en este rinconcito de cielo hecho ciudad, un equipo haya tenido la casta y el coraje de haber conseguido en 9 años guarros, lo que muchos llevan queriendo conseguir desde hace décadas, y otros muchos ni conseguirán.

Antes de Varsovia, den las gracias, den las gracias por este equipo y vuelvan al primer párrafo, den las gracias por llevar este veneno en la sangre, por compartirlo y por dejarlo en forma de legado. Recuerden la frase de esos locos que año tras año siguen ahí aunque se les persiga en su propia casa:  “Volver a ser campeón es lo que más quiero”.

Den las gracias, por ser y sobre todo sentirse -incluso desde la distancia- sevillanos, y sevillistas, ya que no es poco… NUNCA fue poco.

Tifo de Biris en Gol Norte.
Tifo de Biris en Gol Norte.