La sota de oros

Sampaoli y Lucho se volvían a ver las caras sobre el tapete verde del Ramón Sánchez Pizjuán, tras dos precedentes supercoperos en los que el técnico asturiano salió como claro vencedor, ante un Sevilla que, en ese momento, poco se parecía al que habíamos visto en Trondheim frente al Real Madrid. En una línea del tiempo más larga, aunque parezca sorprendente, el conjunto sevillista de esta última jornada sí se pareció más a aquel que casi gana en Noruega.

Como si de una partida de cartas se tratase, ambos entrenadores pusieron sus mejores armas en liza, ambos con alteraciones significantes en sus respectivos esquemas por las acusadas bajas que tenían. Las ausencias de Mercado y Pareja hicieron al director técnico argentino pasar a defensa de cuatro para dar entrada a Sarabia en banda derecha; en el lado blaugrana, fue Denis quien entró en detrimento del lesionado Iniesta para zanjar la incógnita planteada a tres bandas entre él, André Gomes y Arda Turan.

Por momentos, el Sevilla parecía haberse convertido en el Chile campeón de la Copa América. Los futbolistas rojiblancos tenían la necesidad de intimidar al rival por medio de la presión en campo contrario, de tal modo que se acumulaba una ingente cantidad de efectivos en zonas adelantadas para obligar el pelotazo rival ante la ausencia de vías en salida de balón. Por decirlo de algún modo, los locales apretaban por fuera para robarla por dentro.

Infografía: propia | Imagen: Movistar +
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Los nervionenses lograron no ser dominados, lograron generar y percutir tanto por dentro como por fuera, pero no tuvieron atino de cara al arco rival, cosa que cualquier equipo que juega contra el Barça termina pagando más pronto que tarde. Esa situación unida a que, a pesar de Sampaoli estaba cumpliendo su plan de aislar a Messi, el 10 argentino empezaba a entrar en contacto con la pelota, hasta que sirvió en bandeja un jarro de agua fría al filo del descanso para calmar los ánimos nervionenses. Todo esto en la primera jugada de peligro azulgrana.

Los segundos 45 minutos fueron otra historia. Los catalanes habían pasado el peor momento del partido, y de él habían salido ilesos. Los hispalenses habían hecho un desgaste físico que no se sabía cuánto duraría. Messi había despertado. La conjunción de estos factores, unida a la escasa incidencia de Nasri como timón principal, dejó a merced visitante partido mucho más táctico, alejado del frenesí del comienzo.

Infografía: propia | Imagen: Movistar +
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A partir de ahí, el esquema táctico sevillista hizo aguas parcialmente. Con el 4-1-4-1 que se imponía en lugar del 5-3-1-1 de los últimos partidos clave, los andaluces dieron lugar a muchos más espacios convertidos en aprovechables por una MSN (Messi, Suárez, Neymar) que veía metros por delante para correr. De ahí desembocaron numerosos fallos en defensa, de los cuales es inevitable destacar la pérdida de Carriço en zona de peligro que acabó en tanto definitorio azulgrana.

El fútbol es fútbol, y por mucho que hubiésemos visto un vendaval sevillista en la primera mitad que mereció algo más, el partido pudo haber terminado con 1-4 sin ser ese resultado injusto del todo. Salvó Rico en un par de veces. Pero aun siendo espectadores del poder generador barcelonés, los sevillanos no dejaron de estar en el encuentro, situación no aprovechada por Sampaoli para introducir cambios correctos al desarrollo del partido. Ganso no estaba para el ritmo propuesto y eso hizo perder el hálito de esperanza que quedaba en la parroquia nervionense. Hasta la entrada del brasileño no apareció un Busquets que había sido fijado continuamente por Vietto y el Mudo Vazquez.

El Barcelona volvió a ganar porque se encontró con el mayor factor diferencial de la historia del deporte, con Leo Messi, ese 10 de oros que ganó la partida él solito, aunque el rival hiciese méritos para anularlo.