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Análisis | Escucha y síguelo

Se mueve de un lado a otro del área técnica. No para porque, así, le llegan antes los pensamientos a la cabeza. Da instrucciones sin cesar hasta que en las gradas se desata la locura. Ha sido gol y él levanta sus fuertes y tatuados brazos para unirse a la parroquia de su equipo en la esencia más pura del fútbol. El gol y su celebración en el grado de efusividad máximo. Esa situación dura algo menos de un minuto. Nada mas volver a sacar de centro, el proceso se repite sin cesar. Jorge Sampaoli quiere más. Le da igual el resultado.

Por mucho que busquemos, no ha habido nadie como él en la historia del club de Nervión. Nadie que haya conseguido evangelizar a todo su rebaño para que crean en algo que a otros les parecería digno de psiquiátrico. Entre la ingente cantidad de entrenadores que han llegado al Ramón Sánchez Pizjuán, ninguno eximió esa eterna discusión entre sus detractores y seguidores. Él lo ha conseguido. Ha colonizado nuestras mentes.

Tras un verano con tintes apocalípticos en el que, de la noche a la mañana, Unai Emery cogió las maletas para vivir a las orillas del Sena, y Monchi amagó con abandonar su puesto, todo el mundo creía que esta sería una campaña complicada, digna del periplo ya vivido en la casa rojiblanca desde que se fue Juande hasta que llegó el recién mencionado guipuzcoano. No fue así, y se apostó por la carta más interesante pero a la par arriesgada que había en el mercado. Jorge Sampaoli, un tipo al que su frustración por no llegar a ser futbolista obligó a convertirse en el director técnico que hoy es.

El fútbol actual carece de paciencia para desarrollar una idea tan antitética respecto a la anterior como planteaba el de Casilda. Con una carta de presentación exageradamente atractiva, pero con un final triste en Trondheim, todo lo que recibió hasta hace unos meses fueron palos por “actuar en contra de sus principios”. Ninguno de los que lanzó esa crítica se paró a analizar que primero había que construir unos principios en la capital andaluza para luego poder actuar en su contra. Comenzó ganando con más trabajo que brillantez, con la idea de ganar tiempo para ir avanzando en su plan de introducir su idea de juego en la cabeza de los jugadores. Lo consiguió.

Atracó el barco en el Juventus Stadium para sacar un empate en horas de desarrollo futbolístico, aturdió al Atlético del Cholo, bañó al Barcelona con su filosofía y lo hizo recurrir al mejor Messi, rompió la racha de más de año y medio sin ganar fuera de casa, para convertirse en uno de los mejores visitantes, remontó al Madrid en menos de diez minutos y apabulló a la Real en su propia casa. Podría seguir, pero estaría escribiendo aquí hasta mañana.

Desde el primer día, Sampaoli fue certero y crítico con él mismo. Salió a rueda de prensa a desnudarse ante los periodistas ante cualquier duda que tuviesen, a no hablar de los árbitros en caso de beneficio o perjuicio, a explicar por qué no hacía todos los cambios, incluso a veces a sonreír. Con la humildad por bandera, él ha cambiado al Sevilla y, a su vez, Sevilla lo ha cambiado a él.

Probablemente, si todo fuera mal, sería Juanma Lillo el principal señalado por la opinión pública, pero lo cierto es que se está convirtiendo en un sabio elemento actualizador del juego amateurista que plantea el entrenador argentino. Más allá de la presión característica que traía, el de Tolosa ha añadido un cariz más posesivo con el dominio del juego de ubicación (como a él le gusta llamarlo). El tándem Sampaoli-Lillo ha generado un monstruo capaz de competirle a cualquiera, mostrando un diverso abanico de posibilidades para atacar tácticamente al rival.

No sabemos qué deparará el futuro, si el Sevilla seguirá siendo candidato a romper el binomio español en liga, si llegará muy lejos en Champions… Lo que sí está claro es que, este loco que vendía motos, se ha convertido en el técnico más querido por el sevillismo en tiempo record, mostrando unas inquietudes ambiciosas que a nadie deja lejos de sentirse partícipe de cada una de las victorias de su equipo. El sevillismo escucha y sigue a su pastor.

Manuel López

Estudiante de periodismo - Bueno para debatir, nunca discutir.

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