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Opinión | Monchi y el amor

Con suave tono, ella me dijo que no era nada en su vida, que tenía que marcharse. “Estoy hablando con dos chicos más y sé que, aquí, tú quieres algo más que yo”. Tales frases eran tan simples como hirientes. No me las esperaba. No sabía qué decir. Quizás los silencios hablaban por sí solos, hasta que acepté la realidad, di un paso hacia adelante y pronuncié unas palabras mágicas a la par que dolorosas: que seas muy feliz y te pase lo mejor allá donde vayas, pero nadie te querrá como te he querido yo.

No volvimos a hablar más. Ahí acabó todo. Ella se olvidó de mí, pero no yo de ella. No imaginaba un futuro a corto plazo sin su apoyo, y ahora tenía que pensar en un presente conmigo mismo.

Utilizando este rincón como terapia para mis males sentimentales, no trato de reivindicar mi mala suerte en el mundo del amor, sino la conexión de lo que me pasó hace escasos meses con lo que está ocurriendo ahora con la, probablemente, figura más importante de la historia del Sevilla (al menos en la reciente, que es la que conozco bien).

Como esta chica que tanto me gustaba, Ramón Rodríguez Verdejo nos malacostumbró a actos humildes con una grandeza implícita al alcance de pocos. Fichajes baratos que se vendían caros tras rendir bien, voz de la tranquilidad en momentos duros e incluso títulos. En ese cúmulo de mariposas que uno siente en el estómago en ese proceso de amor, también había algunos enfados en forma de Romaric’s y Babá’s, pero quedaban en nada con cualquier caricia o beso.

En definitiva, con sus altos y sus bajos, el entendimiento entre afición y Monchi era mutuo. Pero, como en todos los enamoramientos, hay cosas de una de las partes que no se conocen y llevan a actuar en consecuencia sobre lo que se siente sin explicación directa. De tal modo, el de San Fernando apareció un día queriéndose marchar. La parroquia rojiblanca no lo entendió (ni lo entenderá hasta probablemente pasado un tiempo), y sus corazones se bañaron en miseria para pintar un futuro casi apocalíptico.

Ramón Rodríguez celebra la Europa League conseguida en Varsovia | Imagen: Marca

¿Alguien pensaba que estaría aquí para siempre? Todo acaba. Aun siendo distinto, los mismos que hoy claman al cielo, ya lo hicieron cuando Caparrós, Navas o Unai se marcharon. Nadie es imprescindible, sólo la familia que tenemos. La afición que aquí queda.

Que a lo mejor, después de este encontronazo, ahora encuentro la mujer de mi vida, que puede que así crezca el club más. Me da mucha tranquilidad que el propio ‘León’ haya sido el encargado de dotar de una estructura espectacular a la Secretaría Técnica.

Eso sí, puede que en algún momento ella se acuerde de mí. Estoy seguro de que algún día nos volveremos a ver, y ya Dios dirá, dependiendo de cómo esté ella y cómo me encuentre yo. Ante la más que posible marcha del Rey Midas del fútbol al calcio italiano, sólo queda reverenciarse ante él. Levantarse y decirle: gracias por todo lo que nos has dado. Que seas muy feliz y te pase lo mejor allá donde vayas, pero ten claro que nadie te querrá como te hemos querido nosotros.

En las dos direcciones, crecer es aprender a despedirse, y, aunque es un proceso muy duro, cada vez que te despides, aprendes.

Manuel López

Estudiante de periodismo - Bueno para debatir, nunca discutir.

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