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Artículos de opinión

Volver a ti

Agacha la cabeza, mira al balón y empieza a correr rozando la línea de cal como un equilibrista que se pasea por la cuerda floja mirando al vacío. Tiene el balón pegado al pie. Nadie se la quita. Una y otra vez repite la misma acción. Como Robben y su quiebro hacia dentro o Messi y sus diagonales, él traza regates en palmos de terreno que son calcados pero nunca pillados por el rival.  Como en las películas de Disney, los finales, sus finales de jugada, tienen siempre un mismo desenlace en el espectador y en él: la sonrisa tímida y picarona de quien sabe que lo volverá a hacer.

Dicen que las segundas partes no fueron buenas pero, como he leído en Twitter, ahí tenemos ‘El Padrino II’ para desmontar ese tópico. Déjense de tonterías. Para entender lo que es Jesús Navas, sólo hay que mirar a la lona colocada a la derecha del mosaico que preside el Ramón Sánchez Pizjuán. Una leyenda, pero no una cualquiera.

Jugador sevillista con más partidos con la selección, con más partidos de Champions, campeón de dos copas de la UEFA, campeón de dos Copas del Rey, campeón de la Supercopa de Europa, campeón de la Supercopa de España, campeón de la Premier, campeón de dos Capital One Cups, campeón de un Mundial y de una Eurocopa. Se dice pronto. Nadie podría imaginar que desde aquel 23 de noviembre de 2003, cuando debutó ante el Espanyol, ese niño iba a convertirse en un icono para el equipo de su niñez.

Aún recuerdo aquellas declaraciones a los micrófonos de los periodistas cuando volvió a Sevilla con el City para ganarle a los suyos. Con voz temblorosa y ojos contenidos transmitió que como profesional le alegraba ganar en un campo tan difícil como aquel, pero que, en el fondo, como sevillista estaba dolido. De esas victorias agridulces que ya presagiaban, tras un gran recibimiento en forma de ovación, que aquel chaval de ojos azules como la camiseta del Manchester City, iba a volver a donde nació.

Son múltiples las aristas que han dilatado el fichaje del hijo pródigo blanquirrojo, pero ya está aquí para volver a hacer las delicias de quienes ya disfrutaron de su descarado talento. Se fue a Inglaterra para aprender lejos de casa, para cambiar su paradigma ante dos entrenadores tan enriquecedores tácticamente como Manuel Pellegrini y Pep Guardiola. Directores técnicos que han dotado al de Los Palacios de la capacidad para controlar su impecable físico dentro de unos márgenes, a la par que han dado con la tecla para convertirlo en ese jugador polivalente que todos pensamos que sería cuando lo veíamos ayudar a Dani Alves en tareas defensivas.

Poco o nada ha cambiado esa cara de niño adulto que tiene, como su estilo. Analizando el mercado, el fútbol ha tendido a exprimir a los extremos. Es decir, cada vez hay menos futbolistas capaces de romper transiciones por fuera, pegados a la línea de banda. Él es uno de ellos, y a buen seguro dará alternativa al juego de interiores cuando el contrario se arrincone en busca del contraataque.

Retorna ese chico que se marchó sabiendo que volvería (con lo complicado que es eso). Jesús Navas González. El Duende de los Palacios. El nuevo guardián del número 16 de su queridísimo Antonio. Ya lo dijo el filósofo Krishnamurti “podrás recorrer todo el mundo, pero al final, tendrás que volver a ti”.

Bienvenido a casa, Jesús.

Manuel López

Estudiante de periodismo - Bueno para debatir, nunca discutir.

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