Ser sevillista. Una pasión, nuestro día a día, un sin fin de risas y llantos. Ser sevillista es más que un sentimiento, un estilo de vida que pasa de padres a hijos, de abuelo a nietos. Pero ¿cómo explicárselo a alguien, si no comparte tu locura?

¿Cómo explicártelo si nunca has cantado el himno en el Sánchez-Pizjuán? ¿Cómo explicártelo si nunca has recorrido kilómetros y kilómetros para verlos jugar? ¿Cómo explicártelo si nunca has vivido nuestras finales? ¿Cómo explicártelo si nunca has llorado por ellos? ¿Cómo explicártelo si no sabes que es perder al futbolista que te cambió la vida? ¿Cómo explicártelo si a tí te late un corazón y a nosotros un escudo? ¿Cómo explicártelo si nunca has llevado al equipo en volandas al estadio?

MI PADRE, mi compañero, pero sobre todo mi amigo, el encargado de inyectarme este «veneno». Cada vez que pienso en el plan perfecto, siempre se me viene a la cabeza el mismo. Ese domingo sagrado con él.

Vivir la previa con esas conversaciones que dan vida, subir las escaleras del templo y empezar a sentir esos nervios imposible de controlar. Llega el momento. Esos 3 minutos por el que media Europa nos envidia, nuestra canción, nuestro himno.

Final del partido, miras al marcador y piensas «¿de verdad es lo más importante?»  No hay mejor resultado que mirar a tu lado y encontrar esa sonrisa cómplice que se resume en ¡qué bonito es ser del Sevilla FC!