Volvimos a ser determinantes en el marcador, volvimos a entendernos sobre el césped y horas previas al partido. El primer gol lo metimos nosotros, con nuestro aliento, nuestros cánticos, nuestras bengalas, pero sobre todo con nuestro corazón y fe ciega a nuestro escudo, fuimos de nuevo IMPRESCINDIBLES.

Siempre estamos, pero en este día sabíamos que deberíamos estar como el que más, nos jugábamos el orgullo de decir que nuestra ciudad, nuestra Giralda, era rojiblanca.

Teníamos que dejarnos el alma por los nuestros, apostar todo al colorado y como dice nuestro himno, llevar en volandas a los que en el partido se iban a dejar el alma por nuestro escudo. El autobús seguía esa senda de bengalas rojas y sevillistas ondeando sus bufandas reflejando en sus rostros, una tremenda muestras de lo que significaba este encuentro.

La plantilla celebra el triunfo con la afición sevillista.

Llegaban los nuestros al feudo rival donde no iban a ser muy bien recibidos, pero como siempre unos valientes, la representación sevillista, iban a estar presente. En el tercer anillo del estadio, arriba del todo, a simple vista, una marea verde se los comía, pero a la hora de la verdad, los nuestros anulaban a esas 50.000 voces béticas, 700 sevillistas hacían sentir al equipo estar jugando en La Bombonera de Nervión. 

El compromiso no fue solo por parte de la afición. Nuestro equipo, el Sevilla FC, se dejó TODO sobre el verde, sabían que no podían escapar esta oportunidad de demostrar quienes eramos, lo sabía Váklic al jugar infiltrado y jugarse su físico, lo sabía Diego Carlos, al luchar cada balón como el último, lo sabía Luuk, al verse delante del portero rival y meter el gol de la victoria, pero sobre todo lo sabía Julen, ese hombre que nos está haciendo soñar a pesar de tener todas las miradas sobre él.

Pitido final, explosión de júbilo, jugadores y afición con los deberes hechos y una frase en la mente de todos, SEVILLA ES ROJIBLANCA.