(Mientras leéis, poned la música de Titanic).

 

Lo de siempre. Estábamos a 30 segundos de pasar a la final en un partido tan pésimo como el planteamiento, pero el desenlace se sabía. Lo sabíamos. Y la derrota está al nivel de la tan dolorosa sufrida ante el mismo equipo en aquel equipo dirigido, por decir, por el señor Montella. Era la vigesimoprimera final en 15 años, una pasada, pero que no merecíamos. Se nos han engrandecido desde el prisma nacional y hemos sido empequeñecidos desde dentro, desde el propio entorno. La ya de por sí baja del portero, hace que el castillo de naipes ya empiece cojo, como esa mesa de la tasca de tu barrio con más roña que la tabla del bar. Y si analizamos el planteamiento, Lopetegui no ha dado ni una. Pero ni una. Y sorprende, viendo el sistema de Koeman el sábado en el Sánchez-Pizjuán. Al igual que le han faltado galones e inteligencia a muchos, muchísimos de los jugadores. Por poner un ejemplo, En-Nesyri en partidos así es donde tiene que destacar, ayudar y al menos, asistir o algo en algún gol.

 

Y pasamos al tema arbitral. No pienso que los árbitros actúen de forma malévola. No lo creo y ni lo creeré. Pero, ¿por qué un ataque prometedor que deriva en un mano a mano de Ocampos no es ni siquiera merecedora de amarilla al defensor y si una segunda amarilla a Fernando por un agarrón (absurdo, sí) a un jugador que no llegaba ni al balón? A sabiendas que un gol, hacía una prorroga, igual lo más adecuado no era enseñar esa tarjeta, cuando habías perdonado una más clara 15 minutos antes. Pero no es suficiente cuando encima, un penalti donde la mano no está en posición natural y que corta un posible lance del juego, ni se digna el señor a verlo en el dichoso VAR, no fuera a ser que tuviera que pitar dos penaltis en el mismo partido en contra del club blaugrana.

 

Dicho esto, tras el penalti fallado, el que no supiera que nos marcaban el 2-0, es del género tonto. Y por ende, la posible prorroga, palmada. Y listo señores, no hay más que hablar. Lo de siempre.